martes, 14 de mayo de 2013

La caza


La mayoría nunca había estado en casas como aquellas, por eso la excitación era mayor. Sus pelvis, aún no desarrolladas del todo, se comprimían al extremo y se ponían nerviosos y comenzaban a sudar, e intentaban secarse al menos la frente y las mejillas para que ella no se diera cuenta. Pero casi nunca lo lograban. Entonces Maurice sonreía, les ayudaba con el sudor y luego se lo restregaba por el cuello, les hacía una seña, les apretaba las manos, y después entraban juntos, triunfantes, cual soldados gloriosos. Dentro, no cesaban los temblores, les recorrían el cuerpo una y otra vez, y no sabían qué hacer o decir, si huir despavoridos para salvarse de aquella Maurice o lanzársele encima cual depredador a su presa. Entonces miraban al techo, otros lo hicieron al suelo, y golpeaban los pies contra el piso y se mordían los labios y sudaban, siempre sudaban. ¿Una cerveza?, les preguntaba Maurice, ya verás que todo sale bien, insistía, mientras con el tacón del zapato hacía presión justo encima de la cremallera de los muchachos. Eso los enloquecía un poco, eso y las cervezas, que cuando sobrepasaban las cinco producían los efectos que ella deseaba.
Entonces, por fin, Maurice los veía reír, le agarraban el zapato con fuerza y apretaban aún más y luego lo separaban con desprecio y se tocaban ellos mismos y recorrían la lengua entre los dientes y la miraban como si fueran a desgarrarla por dentro. ¿Otra cerveza?, ven, siéntate aquí, les pedía Maurice, y ellos, cual viejos y obedientes cachorros, arrastraban la silla a unos pocos centímetros de la mujer fina y cuarentona que acababan de conocer.

Maurice siempre los auxiliaba con las caricias, casi todos eran torpes, muy torpes. Ella les enseñaba cómo seducir a una dama apenas con la mirada y dónde tocarla para que se calentara más rápido. Juntos hacían un bojeo por todo el cuerpo, comenzaban en los pies, Maurice les indicaba cómo debían lamerle los dedos, sin olvidar pasar la lengua y soplar despacio al trasladarse al siguiente. Después de unas mordidas en el tobillo estaban listos para avanzar, pero Maurice los detenía, respira, cálmate un poco, demuestra que puedes parar aún cuando la tengas más dura, les decía. Entonces ellos se apartaban, tragaban en seco, ¿más cerveza?, y por primera vez se percataban de la geografía del lugar. La casa estaba bien diseñada, debieron pagar bastante por los arreglos, pensaban: un patio interior con una docena de mesas y un barman que solo aparecía si era necesario. Desde allí observaban una buena parte de los cuartos, de los libres, cuyas paredes estaban rodeadas de espejos. El aire acondicionado y la luz pálida hacían el resto, también las señoras que llevaban y traían entre las manos bebidas y condones y toallas y ropas limpias u otras sucias. No paras de sudar, les decía Maurice y volvía a sonreír y los chicos retomaban la carne por donde la habían dejado, pero no respondían, no hablaban apenas, ni después, se limitaban a hacer todo y cuanto ella les pedía. Ahora ponme el pene en la rodilla y después restriégamelo por toda la pierna, ordenaba, y ellos recorrían al animal tieso y asustadizo por aquellas piernas recién depiladas, y no aguantaban más y el calzoncillo comenzaba a humedecérseles muy rápido.

Maurice los mandaba a tocar sus muslos y ella misma acompañaba el recorrido de las manos para frenarlas en el momento exacto, y ellos hacían presión, desesperados ya por conocer si la señora tenía el pubis desierto o poblado. Pero ella no los dejaba llegar siquiera a la ingle y se apresuraba a meterles un dedo en la boca para distraerlos y les acariciaba el rostro de una forma casi maternal; eso era lo que más disfrutaba: sentir las mejillas frescas que aún no eran profanadas por bigotes ni por espinillas, adueñarse de la piel tierna, de los músculos imberbes e imaginar, que en realidad, el tiempo no había pasado y que ella también era adolescente, escondida ahora en el baño de la escuela mientras la desvirgaban acorralada contra una pared. Los recuerdos le venían a menudo, y hasta le parecía escuchar sus gritos y sentía, otra vez, aquel dolor insoportable quemándole la vulva y los golpetazos sobre el hombro del profesor que nunca lo hicieron parar, sino que se la metía más fuerte y más duro y más violento, hasta que a ella no le quedaba otro remedio que relajar las piernas y secarse las lágrimas. La sensación de las imágenes volaba en unos minutos, aunque permanecía aquel asco que trataba siempre de disimular. Volvía con la mirada diferente, pero ellos no lo notaban. Bésame, les pedía, muérdeme la boca, y les pegaba también en los hombros y lloraba por dentro y ponía el cuerpo rígido para que la memoria no la traicionara de nuevo, pero lo hacía, y regresaba al baño, bésame, tirada en el suelo, otro golpe ahora en la espalda, con la saya del uniforme rota, la lengua chocando contra los dientes de ellos, y el semen mezclado con la sangre, quítate el pulóver, déjame verte, la cara de placer del profe y la de terror de ella, y aquellos pechos sin defectos con tetillas que parecían florecer en ese instante, vístete, regresa al aula, no le digas a nadie, después hablamos, vamos al cuarto anda, vamos al cuarto.

Maurice se desnudaba con clase, corría las cortinas y dejaba encendida solo la luz de la mesita de noche para disimular las arrugas, les quitaba el pantalón a los chicos, los amarraba de pies y manos en los barrotes que sobresalían por encima de la cama y en un baile alrededor de ellos se despojaba de las ropas. Cuando caían todas las prendas al suelo, ella subía sobre el colchón, se colocaba de pie y se masturbaba ante los ojos sorprendidos de los muchachos. La veían como una diosa en el mismo cielo y reflejada después en los espejos, entonces había muchas Maurice, muchas, y se les paraba más, como si fueran a reventar de tanto estirarse, les dolía, pero les gustaba. El cuerpo de Maurice les asombraba: los senos aún puntiagudos, las curvas, las nalgas y el clítoris que prevalecía por encima de todo el paisaje, y luego los dedos de ella jugando a terremotos con él, a sonsacarlo y dejarlo con ganas de más y profanando la gruta rosácea y húmeda, y los ojos casi en blanco de Maurice y un gemido apenas perceptible y ellos tratando de liberarse de las ataduras sin poder, y ella moviendo el brazo más a prisa y los ojos más blancos, blanquísimos, y ellos empujando el colchón y Maurice tocándose con la mano que tenía libre y viniéndose, plena y sola, y cayendo el líquido, tibio, sobre los abdómenes y los penes y los muslos.

Ella sonreía y ellos continuaban sudando como si aún caminaran bajo el sol, por la calle donde los encontraron y los siguieron, primero con la vista y luego con los pasos. Maurice, sentada en un banco con los pies tímidos, cruzados, los esperaba. Algunos venían a jugar en las tardes al parque, ella sabía, otros lo atravesaban al salir de la escuela; si vestían de uniforme, pues mucho mejor. Hacía tiempo vigilaba con minifalda a los adolescentes. Los escogía según el día de la semana, había quienes le parecían más de lunes y prefería los rubios para los jueves, los viernes le encantaba restregarse con pieles morenas y sus rizos duros y altos que le hicieran cosquillas cuando le saborearan el espacio del himen ausente. Inventaba cualquier excusa para llamar su atención, fingía dolores o les preguntaba por direcciones extrañas o iniciaba alguna conversación donde ellos le recordaban un amor tormentoso. Los chicos se atontaban pronto; era fácil, caían, uno a uno, escuchándola hablar de cosas sin sentido, enseguida le incrustaban los ojos en las tetas cuando ella se agachaba, a propósito, para rascarse las piernas. Maurice los invitaba a un paseo y antes de que ellos pudieran imaginarlo les proponía juegos indecentes, placeres e ideas locas que los desorbitaban y los hacía preguntarse quién era aquella señora que prometía orgasmos gratis. Pero las curvas de Maurice despejaban los miedos, y se perdían en la tarde sin que nadie advirtiera que dentro de pocas horas estarían aquellos chicos desnudos, y Maurice abierta como estómago de pescado en alguna cocina.

Después de varios tirones a las cuerdas, la mayoría lograban desatarse las manos, agarraban a Maurice por los tobillos y ella se dejaba tumbar sobre los cuerpos húmedos. Los saboreaba con gusto, desesperada, como si el tiempo no le fuera a alcanzar para hacerles todo lo que quería, como si las tres horas fueran demasiado cortas para el encuentro, como si, de verdad, ella fuera a sentir alguna nostalgia cuando se distanciaran y prometiera buscarlos al día siguiente, pero no lo haría, y después, si se encontraba con alguno, fingir que no los conocía, que estaban equivocados, que ella no era, ni fue nunca, Maurice. Entonces, se dejaba penetrar, agarrándoles las nalgas y arañándolos y contrayéndose por dentro y relajando y contrayendo. Después se colocaba en cuatro, ve por detrás, les decía, y dame duro, y ellos parecían volar sobre el colchón para agarrarla por la cintura y presionar contra sí lo más fuerte que pudieran. Maurice notaba cómo ellos apenas sabían moverse, pero eso la deleitaba, entonces se movía y los chiquillos comprimían los dientes y se les desbordaba la felicidad del rostro, y eyaculaban demasiado rápido sin que Maurice pudiera sentir espasmos otra vez, pero no le interesaba, les perdonaba la cara de desconcierto y les acariciaba el glande, aún tembloroso y vivo.

A veces, volvían las imágenes del baño y el uniforme, otras no, sino que planeaba la caza del día siguiente, y pensaba cómo al pasar el tiempo se tendría que esforzar para recordar los rostros de ellos. Maurice los miraba, estaban sudando, desfallecidos sobre un colchón de muelles que ya no chirriaban, les volvía a limpiar la frente, les apretaba las manos y los ayudaba a vestirse. Ellos seguían sin hablar y tan mojados como si una nube les lloviera encima. Maurice dejaba el dinero sobre un plato, en una silla, detrás de la puerta y volvían a estar en la calle, a ser dos desconocidos que se atrajeran unas horas atrás. Luego, ella tomaba el autobús de siempre y antes del anochecer estaba en su casa. Abría la puerta, en silencio, soltaba el bolso sobre la butaca y caminaba a la cocina, al fin llegaste, ¿cómo te fue hoy?, le preguntaba el esposo, ya está la comida, le decía, pero ella apenas balbuceaba unas sílabas, servía la mesa, cenaban, y corría a bañarse para evitar las conversaciones. Bajo la ducha inventaba, otra vez, un raro dolor de cabeza mi amor, esta noche no, quizá mañana, mañana estaré mejor, duerme bien. Maurice apagaba la luz, pero sabía que, al día siguiente, después del trabajo, sentiría esa necesidad incontrolable de buscar asilo en algún parque de la ciudad.

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