martes, 7 de junio de 2016

Una paz rara que ahora controlo

Despertar los inconstantes soles que no alumbraron, es cierto, provoca una paz rara que ahora controlo. La nada indefinida borró durante siglos nuestras siluetas, como si algo en la vida importara más que la mirada primera. Los gritos de luciérnagas desnudándonos en la sala, tu sonrisa como eco y esa forma aún no descubierta de acertar después de las caricias. El impulso dulce hacia el sillón mientras aleteaban desesperados los animales en el patio y un sonido de agua distraído enmudecía las pausas del viento. Jugamos a niños buenos, como de círculos con pistola y camioncito de madera y nos dimos besitos tímidos en fantásticos lugares que mutaron hacia indistintos parajes de la realidad. Niños sin ropas jugando a las escondidas, a los encuentros con otros paraguas en montañas tan ajenas como las lluvias de julio y luego cerrando el paraguas para capturar en tan diminuto espacio la insensatez de todas las cosas.


Nos abandonó el sueño y vimos repetirse el teatro de luz en la ventana, las conversaciones con los libros, y el sudor evaporó nubes en el techo como si el contorno bastara para desaparecer tribulaciones absurdas. Jamás descubrí misterios como los tuyos, como si mis hilos hubiesen sido devorados por ballenas de océanos que luego murieron sin conocer la orilla. Lo feliz nunca encontré. Las demás pupilas no miraron al horizonte, no hablaron de Salinger o de Mandelshtam, no dijeron nunca que un poema es, sobre todo, una lección de actitud. 

No duermo igual. Plenitud en la almohada y goce de sábanas y enfermedad gravísima del cuerpo cuyo oasis y abismo coinciden en el movimiento de tus manos. Apartarlo es como negar las desavenencias de este país donde amarte es el único descubrimiento real de las palabras, el único escape a tanta incomprensión. Me levanto de la cama despacio para no despertarte, mi ángel, porque duermes poco, dormimos poco intentando aprovecharnos. Por primera vez hallo encantos en preparar el café y el pan y lavarte la ropa y volver a poner la cafetera. La habitación amarilla y con manchas no corroe la infinidad de los besos y los problemas se alejan como gaviotas sin nidos. No he vuelto a impacientarme. Las respuestas descansan en tus labios y si hablas, reaparecen inundando la gigante manía de absorbernos.

  Hay carreteras extraviadas que tienen fin en un enorme lago donde un niño agita sus dedos formando ondas en triángulos. El niño mira con frecuencia las ropas de los extraños y huye y regresa y asusta y sonríe, haciendo que desaparezca la crueldad. Eso me enseñan tus ojos, tu paso de bicicleta, tu poesía, tu luz encendida en las noches en que escribes, tus amaneceres, tus juegos infantiles... Después, está esa felicidad que ataca, una soberbia manera que antoja de risas aún en los problemas, un hilo de voz suave conduciendo las épocas por senderos llenos de la luz que gastamos.

Y en vez de dormir sobre un colchón a veces pobre, lo hacemos cayendo en gravedad desde la azotea o escalando las aguas de los manantiales que no se muestran. El placer nos compone de forma callada. He descubierto qué fragmento es más delicioso en invierno y tomamos té caliente para el frío y nos descalzamos luego, mientras el suelo se cubre de una alfombra de telas viejas. Mirarte es el mejor paisaje contra los oscuros que habitan el techo de casa.

La ciudad envejece. Aprendimos a viajar para dejar huellas en otras. Arrebatamos conchas a los mares, suspiros al motor, dibujos a los callejones de la plaza, música a los conciertos y nos regalamos todos los libros escritos con tinta en las esquinas de las páginas. El silencio nos provoca y un encanto me sorprende cada vez que llegas o te acercas o me susurras preguntas maniáticas al oído o me tomas de la mano o recoges la mesa después de la cena o me lees un poema en el borde de la luz. A salvo de los enemigos construimos la casa, con espigas como cuerdas. Podría estar contigo hasta la dispersión de las señales, la muerte de las mantis en la luna y la desaparición de las esculturas de piedras, porque me alteras los sentidos y pierdo el control de los goces en el espacio diminuto que te contiene. Interminablemente.

3 comentarios:

  1. Me encantó Meli!!! Gracias

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  2. Gracias a ti, Melili, por aún leer este espacio al que ya no acudo como antes.

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  3. Es una pena que LOS OTROS OJOS DE EVA no capturen el flash de tus sueños en la misma secuencia maravillosa de siempre porque siemplemente es genial.
    he vuelto

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