¿Serás, amor, un largo
adiós que no se acaba?
Salinas
Tienen el santuario maldecido por algún infortunio no previsto del tiempo. Está manchada la pared de las manchas, y limpian el futuro con la mitad de las pasiones. Se sientan en el balcón, después del baño y la cena; resulta que sus motivos no acaban, y que para ellos el amor no es la absurda burla de las hadas contra Cenicientas.
Él tiene 80, pero ella no recuerda eso, ni el primer beso, ni el nombre de la hija que no tuvieron. No lo ve, no lo escucha, no lo siente, no lo desea… Una parálisis cerebral la despojó de toda suerte, de la suerte de saber que despierta junto a su esposo cada mañana, de la suerte de entender de que aquel señor que la baña todos los días, es su hijo, y de la suerte de imaginar cuánto la aman aunque ella no lo sepa.
No puede hacer nada por sí sola, pero él le aprieta la mano para que no tema, para que se calme y encuentre la paz entre el vacío. ¡Él le aprieta la mano tan fuerte!, que empecé a creer, a perseguir las esperazas que alguna vez dejé tiradas, y a esperar por los milagros.
