“… aunque esta muerte sea / uno de los absurdos previsibles / da vergüenza (…) / teclear las tres letras mundiales de tu nombre / en la rígida máquina
que nunca estuvo / con la cinta tan pálida”.
que nunca estuvo / con la cinta tan pálida”.
Benedetti
“Cuando tú comandante estás cayendo / ametrallado / fabuloso / nítido”, cuando se repite aquella mañana de la Higuera, y el tiempo vuelve a ser mercenario y oscuro y las balas queman a gritos las pieles. Cuando tú, comandante, que “eres nuestra conciencia acribillada”, regresas vestido con el alma, con la boina y la mochila; cuando eso sucede, y entras en mí, y en mis letras, ya nada de lo eterno peligra.
“Dicen que te quemaron, / con qué fuego / van a quemar las buenas nuevas / la irascible ternura / que trajiste y llevaste”. No, eso es imposible, porque ni aún el silencio logra desvariar tu figura, y reapareces con el sol para alumbrar los caminos, incluso aquellos donde le pusieron fin a tu aire.
Y tu pupila me amanece cada mañana, me levanta de la cama donde te sueño desde siempre. Tengo tu rostro multiplicado en el cuarto, en todos los espacios. Me robé tu sonrisa para colocarla encima de la mesita de noche, y la contemplo hasta el último parpadeo. Mientras, tus ojos, tu barba de guerrero perpetuo, tu nariz perfecta, y el pelo, el pelo que sin brisas te golpea las mejillas, me hacen eternamente tuya.
Estás grabado en mis paredes, varias veces, porque tenerte es el único modo de encontrarme. Y en las tardes te leo poemas de Neruda, también “desde el fondo de ti, y arrodillado”, hasta que el libro rompe la afonía de las distancias y te haces mortal entre las luces. Te leo: “…fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame, / del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo”; y tomo tu mano, fuerte, bien fuerte, para que sepas que a mí, jamás me cultivará otro jardinero.
