La vista fija en el arroz; lo escojo. Sentada a la mesa una tarde cualquiera. En el televisor Alejo Carpentier habla en blanco y negro. Hace más de una hora que habla. Dos bultos de arroz: uno sucio, otro que parece, como los valles. La mesa es manigua, con mambises sin machetes encima de españoles que ahora, para explicarse, llevan una carta de nacionalidad bajo el brazo. Las cadencias han cambiado. Este paisaje. Carpentier inunda de acento francés la casa; un bulto de arroz crece, en el cuarto duerme un ángel y mi madre ha salido, envuelta en abrigos raros, a buscar el pan nuestro, que es de harina desechable y sabe mal. Afuera atormentan los pájaros, chiquillos que “gritan” sobre pelota con argumentos cuestionables y este frío sin época que logra desvariar las estaciones del país.
Alejo (en blanco y negro) habla ahora sobre Martí. El genio, lo llama. La entrevista se detiene mientras Carpentier explica, magistralmente, dónde radica la agudeza del Apóstol. Convence con una anécdota sencilla: Martí en París, frente a los lienzos impresionistas que aún no son la vanguardia impresionista, y Martí identificándolos como la vanguardia, antecediéndose al tiempo. Pero no solo lo hizo con la pintura, dice Alejo, lo hizo con la brillante política que trazó un destino y una libertad para Cuba, lo hizo con su crítica a todas las artes, con sus discursos, lo hizo en su obra que fluctuó de estilos según los públicos, y que también fue barroca, enfatiza Alejo. Crece el bulto opuesto de arroz.
