El fotógrafo va como si fuera /
una mano de Dios, un
una mano de Dios, un
elegido. / Impávido.
Inclemente. No se altera (…).
El fotógrafo sabe que lo
El fotógrafo sabe que lo
espera / la soledad, la
risa o el olvido. /
Y una mujer con ojos de
Y una mujer con ojos de
madera. / Y un espejo de
vidrio envilecido.
Alexis Díaz-Pimienta
Alexis Díaz-Pimienta
Hay calma detrás de sus manos. Una calma que sube hasta los hombros y se acomoda, lúcida, a descansar sobre el pelo. Luego baja por las cejas, e intranquilamente se detiene en el centro del iris. Hay magia encima de sus ojos, debajo de los párpados, delante de la piel. Hay una suerte de caballero andante que hace de sus molinos los gigantes más pródigos, y de su lanza, la más perfecta de las construcciones. Hay misterios repartidos entre sus poros, hay enigmas, seguridades, desaciertos; y después están esas estrellas, en punta sobre la cien, y los cometas, las nubes, las alas de cucarachas, el pedacito de azúcar, la carretera, el café, la colilla de cigarro, el casco, los horizontes…
