Lo había decidido: esta noche perdería la virginidad. Pero dónde, cómo tirarla porque sí en algún rincón y no ir a visitarla ni los domingos; en cuál lugar, en compañía de quién. ¿Y si no sirve de mucho perderla? Nadie anda por ahí extraviando cosas. No lo sé.
Dice Rebeca que perder la virginidad duele. Claro, le dije, ¡qué tonta Rebeca!, ¿ella nunca habrá perdido algo? También me contó que a una le sale sangre. Verdad que es complicado todo esto. ¿Le sale sangre a una?, y ¿por dónde? Yo no sé de dónde Rebeca saca tantas historias. Ayer me llamó para decirme que debo buscar a alguien con quien perderla, del sexo opuesto, me gritó por teléfono y colgó.
Debo ir a la farmacia y buscar algo útil para protegerme, eso también me lo advirtió Rebeca. Un guante, una gasa… ¿qué podrá servir? Tampoco sé si decirle a mamá y papá, una vez me castigaron por perder la libreta de matemáticas de mi hermano, di tú ahora qué se trata de la virginidad. Deja ver si encuentro al orgasmo ese, dice Rebeca que debo buscarlo en todo momento. Ya ni sé bien el orden de las cosas: perderla, protegerme, sangre y orgasmo; o: sangre, protegerme, orgasmo y perderla… ¡uf!, qué se yo.
