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miércoles, 22 de julio de 2015

Las Pléyades te rozan en el viento

Las marcas en la espalda, de plumón negro, formaban arabescos asirios de hojas y frutos y trajinaban incómodos entre las sábanas y el resto del cuerpo de mi abuela. Las recuerdo como sutiles grabados que se interponían en nuestros abrazos y en nuestras palabras. Mi abuela estaba en el hospital, no podía caminar, ni levantarse de la maldita cama para ver las líridas o las Pléyades en el cielo.
No tuvo otro paisaje que enfermeras con sueros y jeringuillas, no tuvo otras esperanzas, ni otras oportunidades. Bajaba todas las tardes a un salón al que yo no podía entrar. Radiación, decía el letrero de la puerta. Iban a ser diez simples sesiones, nos dijo el doctor, pero aquella habitación misteriosa no pudo detener la enfermedad que ramificaba como fértil hierba.
Años antes había sufrido una operación. Tenía un espacio ausente en el pecho que jamás la hizo menos bella ni menos amable. El color añil en las canas blanquísimas, provocado por intermitentes baños de azul de metileno, le daban un aire de señora de otra época y se imaginaba ella como un personaje en la habitación profusa de Emily Dickinson, aunque jamás la hubiera leído, o miembro de alguna tribu celta en los alrededores del monte Saint-Michel durante la marea del siglo.

lunes, 11 de julio de 2011

Cuando se van las hadas

Lo que duele quizás es esta aurora.\ Lo que sangra mi voz, lo que me aterra \ Es esto de sentir que a cada hora \ Se está volviendo un poco más de tierra...

Carilda Oliver Labra

  Mi abuela era la mejor abuela del mundo. Y ya no está. Hace dos años que no está. No pude siquiera despedirme, no le di el último beso, ni le apreté la mano.
  Mi abuela, la mejor del mundo, estaba en un hospital, no podía caminar, ni levantarse de aquella maldita cama para ver los atardeceres. Mi abuela no tuvo otro paisaje que enfermeras con sueros y jeringuillas con sabor a dolor; no tuvo otras esperanzas, ni otras oportunidades. ¡Pero era tan bella!, que ni siquiera aquella geografía desafortunada pudo quitarle el color rosa de los labios, la confianza de las manos, o la candidez del rostro.