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miércoles, 22 de julio de 2015

Las Pléyades te rozan en el viento

Las marcas en la espalda, de plumón negro, formaban arabescos asirios de hojas y frutos y trajinaban incómodos entre las sábanas y el resto del cuerpo de mi abuela. Las recuerdo como sutiles grabados que se interponían en nuestros abrazos y en nuestras palabras. Mi abuela estaba en el hospital, no podía caminar, ni levantarse de la maldita cama para ver las líridas o las Pléyades en el cielo.
No tuvo otro paisaje que enfermeras con sueros y jeringuillas, no tuvo otras esperanzas, ni otras oportunidades. Bajaba todas las tardes a un salón al que yo no podía entrar. Radiación, decía el letrero de la puerta. Iban a ser diez simples sesiones, nos dijo el doctor, pero aquella habitación misteriosa no pudo detener la enfermedad que ramificaba como fértil hierba.
Años antes había sufrido una operación. Tenía un espacio ausente en el pecho que jamás la hizo menos bella ni menos amable. El color añil en las canas blanquísimas, provocado por intermitentes baños de azul de metileno, le daban un aire de señora de otra época y se imaginaba ella como un personaje en la habitación profusa de Emily Dickinson, aunque jamás la hubiera leído, o miembro de alguna tribu celta en los alrededores del monte Saint-Michel durante la marea del siglo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Urocultivo


“La parte más bonita es esa de los consultorios y los análisis”, dijo alguien en medio de tu consulta y tú lo miraste raro porque es raro que alguien cuerdo ande por ahí afirmando tales cosas, y luego cuando pasan los meses y descubres que siempre habrá algo que te irritará con más intensidad: pruebas que deben repetirse, renovar la dieta a los tres meses, persecuciones médicas… después de eso, solo después, aparece el urocultivo.

Te levantas temprano para estar entre las 20 primeras gestantes (más temprano si vives más lejos), llegas corriendo al hospital, pero no siempre logras evadir las últimas posiciones. Te secas el sudor, sacas la indicación del bolso, tomas agua.

Estás ya en el segundo trimestre y sabes lo que sucede, pero la primera vez que acudiste a este examen casi deliras cuando viste las condiciones en que debías hacerlo, a riesgo de que la propia muestra se contaminara. Con un pomo de agua yodada en una mano y en la otra uno esterilizado miraste al resto buscando respuestas. Te bastó seguir la fila de barrigas que se delineaba con rapidez hacia “el sitio”.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Janny


Tengo una amiga que hace mucho tiempo no puede caminar por la calle de siempre, ni mirar directo al sol, ni descansar bajo la luna que nos sorprendió tantas veces hablando sobre la litera. Una amiga que, a pesar de todo, sigue siendo hermosa, y mucho más hermosa que antes.
  Pero casi no puedo escribir, porque cuando lo intento, me viene a la mente el hospital, y el suero, y la jeringuilla y el catéter… y se me paralizan las manos, y no puedo aguantar la humedad en los ojos, y me doy golpes en la cabeza intentando encontrar un por qué. No puedo, soy demasiado débil, ¿o es que acaso la vida está siendo demasiado débil con ella?
  Tengo una amiga que desde hace cinco meses la torturan en salas con olores extraños. Sé que es para bien, pero, por dios, apenas tiene 24 años. No es justo, ni siquiera pensarlo es justo. Daría tanto por ella, aunque solo fuese el tiempo para regresar al pre, al aula, al albergue, a los naranjales donde hicimos de todo menos trabajar, por verla vestida de azul, ESCUCHAN, de azul, y no de verde. Daría cualquier cosa porque cesaran los pinchazos y los aislados, y esas visitas a través del cristal. Maldito cristal que no me deja darle un beso ni apretarle la mano.