lunes, 28 de marzo de 2016

Cienfuegos, la feria y los agujeros en el bote

Bastó una mirada general y rápida para notar la superioridad cualitativa de la Feria del Libro 2016 en la Perla del Sur con respecto a la del año anterior. Varios detalles —importantes en su contexto— incidieron en que el éxito no fuera más abarcador, y creo vale la pena mencionarlos (para juntos hallar la mejor manera de organizar una actividad literaria tan importante para el presente y futuro de la cultura) no sin antes hacer notar el esfuerzo que esta vez se hizo en la provincia para lograr una fiesta de las letras mucho más decente.
Parece no existir arma que combata la orfandad de público —entiéndase: consumidor literario y no los propios creadores, o trabajadores de instituciones culturales, muchas veces empujados para llenar espacios vacíos— en los programas colaterales (paneles, homenajes, presentaciones, etc.) de estos eventos. La dificultad promocional en este caso es grave y atraviesa un prisma de factores colindantes hasta introducirse en un vacío de conocimiento —o de necesidad de conocimiento— que a largo plazo podría traer consecuencias muy negativas en el destino del país.
Ian Rodríguez (escritor y vicepresidente de la UNEAC) me dijo, entre muchas otras cosas, que en su criterio el primer problema, “está en la insolencia y la apatía manifiesta dentro del propio gremio. Luego entonces podemos girarnos para el mundo académico, y duele ver en nuestras actividades literarias las mismas caras de siempre, no entiendo de qué manera podrían actualizarse, pues a medida que el tiempo avanza la literatura contemporánea, la de ahora mismo, no tiene nada que ver con la que nos enseñan en los planes de estudios (...). Asistir a la Feria debería ser un momento para no seguir dándonos el lujo de la ignorancia.”
La edición habanera de la feria creó expectativas alrededor de algunos títulos que se publicaban por primera vez en Cuba. Ferdydurke, del polaco Gombrowicz, no generó tanto asedio como 1984 de Orwell, el cual se esfumó de la librería sureña en la primera vuelta de entrada de público. Sobre gestiones para que arribe a la provincia cierto número, variabilidad y libros que debieron estar en las presentaciones (como la novela de Emerio Medina Los fantasmas de hierro de Letras Cubanas, por ejemplo), habría que revisar a profundidad para próximas ediciones.
El espacio de la AHS quedó mucho más elaborado, participativo y consistente este año. Bajo el nombre Dios y los locos, el sitio abogó por el intercambio de lecturas y el avance literario. Compartieron micrófonos allí casi todos los invitados y autores cienfuegueros, fueran o no de la asociación.
El pabellón infantil sigue siendo un sitio que debiera repensarse. Las presentaciones de libros que allí se realizaron, así como las lecturas de los autores fueron totalmente hostiles. La distancia del público y la poca atención generada por la naturaleza propia del ambiente, interfiere sobremanera en que se preste atención, se escuche o se entienda lo que están hablando y sugiriendo los escritores. No digo que el espacio no esté bien para determinados performance, como lo fueron las actuaciones de los niños y las actividades con los payasos; pero sigo creyendo que no es un sitio cómodo, mucho menos funcional, para hablar sobre literatura a un público tan cardinal.
Los libros infantiles, los de cocina y autoayuda siguen siendo los más vendidos, hecho donde se advierte una gran luz roja y es la pérdida, casi inentendible, del gusto estético, del sano hábito de la lectura en un país, como también me dijo Ian, que “a estas alturas ya debería tener menos lectores de la epidermis”. Si a ello se suma la ganancia, o triunfo, ficticio de las ferias, al comparar el costo de los libros y los precios de venta y seguido a esto nos preguntamos ¿hasta qué punto se trabaja, fuera del marco previo de las mismas, olvidando luego, durante el resto del año la promoción de los libros y de los autores?; habría que buscar bien aprisa los parches para los agujeros visibles del bote literario.


ZOZOBRAS EDITORIALES

Mecenas y Reina del Mar, las dos editoriales Cienfuegueras, alcanzaron esta vez a presentar algunos títulos, como hace unos años viene sucediendo, que dejaron patente el atraso editorial según los planes anuales.
No sería correcto dejar fuera de este análisis la historia de trabajo desajustado en que se ve envuelta la producción de libros en la Perla del Sur y que traspasa por tantos motivos como puede tener números de páginas un cuaderno cualquiera. No sería categórico dejar de acotar que en el caso de Reina del Mar, los títulos Tres poetisas norteamericanas y Las sobras de la buena pipa, pudieron presentarse porque fueron seleccionados como Fondo de Población y Plan Especial respectivamente, que nada tienen que ver con la dinámica provincial de impresión, pues la tirada y gestión es asumida a nivel nacional. Federico y María, previsto para esta edición, sufrió varios percances que lo inhabilitaron, y este último, junto a Trece maneras de contemplar un mirlo, pertenecen al plan editorial del 2014 además de otros ejemplares que no verán la luz por lo pronto a pesar de estar ya en arte final (completo su proceso de diseño y edición). También sucede así con casi todos los títulos de Mecenas como La borrasca (premio Fundación de Fernandina de Jagua 2012), Las brujas merengueras o la traducción de la poesía de Louise Labé Sonetos y Elegías, por citar solo 3 ejemplos.
Tampoco sería objetivo dejar de contar que el Premio Reina del Mar 2012 (La sal de las islas) fue el último en publicarse en el año 2015 y que estos lauros de 2013 (Buscando a Anna Veltfort) y 2014 (Otoño) forman parte del mismo sueño aletargado de la industria poligráfica (salvo algunos ejemplares de prueba y cortesía, que no admitían mayor dilación).
No sería razonable dejar sin apuntar, de igual manera, que los sucesivos cambios de direcciones en el Centro del Libro y ambas editoriales, así como sus infructuosos períodos han provocado un daño visible que desembocó en la decisión de detener los planes editoriales en Cienfuegos hasta tanto no terminen de imprimirse todos los libros pendientes, para los cuales, supuestamente, ya se había otorgado un presupuesto y una gestión determinada.
No sería lógico dejar de mencionar el obstáculo que significa para estas editoriales tramitar a través de departamentos vacíos o de personal efímero que nunca llega a ser eficiente en el proceso, y luego esperar que se cumplan los plazos de pago (que una parte debe ser en divisa y casi siempre se atrasa) para poder imprimir portadas de calidad en diferentes locaciones (la gestión particular pasa por un prisma análogo); porque es cierto que ya nadie quiere imprimir cubiertas en la RISO (como se concibió inicialmente al crear el Sistema de Ediciones Territoriales) porque su baja calidad las pondría en seria desventaja para competir en un mercado de ventas.

ÚLTIMAS BRAZADAS

A pesar de los torbellinos en las aguas sí hubo varios espacios en esta feria cienfueguera donde la literatura, el pensamiento y la discusión sobre la producción y consumo de las letras fueron substanciales. No podría mencionarlos todos, pero tampoco quisiera dejar fuera la presentación de algunos libros como Los barcos terminados (Ediciones Unión) de Emerio Medina, así como la participación de este autor (muy premiado en Cuba) en paneles y lecturas. La novela Las muertes de María, del escritor y traductor villaclareño Edelmis Anoceto que recrea de una manera ingeniosa la vida de Lord Byron y del poemario La borrasca de Sergio García Zamora, joven poeta considerado por muchos el más destacable y completo de su generación.
Aquí aparece también el recital de poesía de Lina de Feria en el Centro Cultural de las Artes Benny Moré y las traducciones literarias (de Wallace Stevens, Marianne Moore, Sylvia Plath e Hilda Doolitle); recordemos que Goethe consideraba las traducciones como parte esencial de cualquier literatura nacional. Destacables de igual manera fueron los paneles Táctica y Estrategia, sobre temas poéticos, el taller sobre edición en el país y las lecturas de los autores.
A las ferias aún les falta limar bastantes detalles —tanto de índole organizativo como de concepción de la misma— para que se logre el supremo objetivo y se despierte al aletargado consumidor literario cubano. Queda enfatizar más el trabajo, desde ahora, aunque falte todo un año para la próxima cita; falta precisar más la promoción, la difusión, la enseñanza y el cultivo de los públicos. Falta enmendar el nebuloso proceso de la impresión poligráfica que lacera a las editoriales en la provincia.
No existe ningún motivo por el cual un país, y los individuos encargados de este particular, no deban preservar la lucha por la defensa del lenguaje, de la literatura universal y de la autóctona.


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