jueves, 6 de octubre de 2011

Sobre la cuerda del dolor

Hay unos ojos tiernos que la siguen por toda la casa. Pocas veces la descubren riendo, y muchas otras tratan de cerrar los párpados para no verla llorar: en el cuarto, en la sala, por detrás del colchón… Incluso la han escuchado hablando con los recuerdos, aún con la misma tristeza tatuada en el iris, han visto cómo el dolor le saja por dentro cada espacio y cómo el tiempo no calma el desespero de la ausencia. Hay unos ojos tiernos, siempre en vela y con flores a la diestra, que cuelgan de la pared inicial del hogar de Aida Domínguez Sarría.

El retrato de su hijo me hizo detenerme en seco, me fue difícil hablar, mucho más: preguntar. Allí estaba Eusebio Sánchez, allí ha estado desde hace 35 años, desde que Posada Carriles, Orlando Bosch, Freddy Lugo y Hernán Ricardo, tramaron el crimen y colocaran dos bombas en el avión donde venía.

Recuerda lo Aida con un nudo inmenso en la garganta. Cuenta, que desde pequeño fue un niño muy activo, le gustaba bailar, practicar deportes y se vinculó muy temprano a actividades de las organizaciones estudiantiles donde militaba. Un curso de controlador de vuelo, lo habilitó como trabajador del aeropuerto en Cienfuegos, tiempo después, se traslada a La Habana y obtiene un puesto de sobrecargo internacional en Cubana de Aviación.

“Siempre que él volaba – rememora Aida – me decía: - mami, nosotros sabemos que detrás de nosotros anda personal de la CIA; y mira, finalmente fueron ellos los que pusieron la bomba”. El 6 de octubre de 1976, en pleno vuelo y cuando acababan de despegar del aeropuerto de Barbados, 73 pasajeros, entre ellos Eusebio, perdieron la vida.

Aida Domínguez Sarría

“Yo estaba haciendo un trabajo de la Federación en el reparto de la Juanita, entonces escuché algunos comentarios sobre un avión que se había estrellado, pero nunca pensé que él viniera en ese vuelo, que fuera mi hijo. Al llegar a la casa me llamó la esposa de Eusebio y me dijo: - Aida hay noticias de que pusieron una bomba en un vuelo de Cubana, no sé si ahí venía Eusebito, después yo te llamo. A los diez minutos volvió a sonar el teléfono y lo cogió mi esposo, pero yo levanté una extensión y escuché cuando dijeron: - en ese vuelo venía Eusebio, mira a ver cómo se lo dices a Aida para que no se afecte demasiado”.

Es difícil hablar con el dolor martillando la piel, es duro cuando se acerca la fecha, la hora de la masacre. “Imagínate, aquello fue mortal para mí. Enseguida la casa se me llenó de personas, todo fue muy duro. Luego partimos hacia La Habana para el homenaje que realizarían allá. Ese hecho me causó muchas heridas, no podía dejar de pensar en mi hijo, en que murió quemado y sin poder defenderse.

“Cuando llegamos a Cienfuegos nos dieron muchas muestras de solidaridad. En el bulevard hicieron una larga fila para firmar el libro de condolencias a favor de Eusebio.

“Desde que Eusebio murió, cada noche al acostarme es pensando en ese momento, de cómo sucedió todo, en las demás madres que también perdieron a sus hijos, y en Posada Carriles que aún se pasea libre por las calles”.

Muestras solidarias del pueblo de Cienfuegos luego del acto terrorista.

El 7 de octubre de 1976 Eusebio Sánchez Domínguez cumpliría 25 años, pero la muerte lo sorprendió justo el día anterior. Quedó una esposa, una hija, padres y hermanos con un vacío enorme en el medio del pecho, con un dolor que no sanará ni después de la calma.

Aida no olvida las últimas palabras de su hijo. “Antes de volar aquella vez, Eusebito me dijo: - mami, ahora cuando yo regrese de este viaje voy a ir a Cienfuegos a verte”.


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